martes, 5 de julio de 2016

Historia verdadera de la Zona del Silencio. PARTE 2


LA ZONA DEL SILENCIO
Inicialmente los ingenieros en White Sands y Green River estimaron que el misil habría caído en un área en el remoto desierto chihuahuense limítrofe con Coahuila, una zona desértica poco habitada. Nuevos parámetros de telemetría delimitaron el rango con mayor precisión y mucho más lejos de lo inicialmente previsto: unas 500 millas (800 Km) al sur de la frontera, en la confluencia de los estados Chihuahua, Durango y Coahuila, llamada “Vértice del Trino”.
Un obelisco metálico en el Vértice del Trino marca la confluencia de Coahuila, Durango y Chihuahua
La región, que hoy llamamos Zona del Silencio, por aquellas fechas ya era conocida así aunque el nombre no había sido muy divulgado. En 1966 el Ingeniero Harry de la Peña y su equipo se encontraba explorando la zona para Petróleos Mexicanos (PEMEX), pues se planeaba la construcción de un oleoducto a Jiménez, Chihuahua.
Harry de la Peña
Dadas las horribles condiciones que ofrece el desierto a aquellos que se atreven a vagar por él, es necesario tener un medio de comunicación, De la Peña portaba consigo un radio, cuando de pronto descubrió que no podía recibir o emitir señales con el aparato en cierto punto geográfico: un silencio radial. Presuntamente el lugar era una represa de tierra conocida como “El Tapado”, ubicado al este del Cerro de San Ignacio, una montaña solitaria que es el lugar de referencia más prominente de la región. A su regreso llamó a este punto “la zona del silencio”, así sin más. En los años siguientes, tanto antes como después del incidente Athena, De la Peña realizó varias excursiones con diversos equipos de radio para reproducir el fenómeno, y lo logró en varias ocasiones en diversos puntos, pero nunca dos veces en el mismo lugar, alegando que la zona en realidad solía cambiar de posición erráticamente. No obstante, tales “demostraciones” no sobreviven al rigor científico actual, pues siguen siendo una serie de meros casos anecdóticos y no verdaderos experimentos controlados. No parece además, que alguna vez haya llevado consigo un magnetómetro para comprobar las supuestas anomalías de la zona.

CAIDA Y BUSQUEDA
Eran casi las 4 de la mañana del 11 de julio de 1970, hora local, unos 10-15 minutos habrían pasado desde que el V123D Athena fue lanzado, los pobladores de localidades como Móhovano, La Flor, Estación Carrillo, Ceballos, Glorias de Quintero, entre otras en la confluencia de los 3 estados, despertaron al escuchar un súbito estruendo. Se trata de poblaciones que en su mayoría no pasan de los 50 habitantes.

Antonio Muñoz trabajaba en el desolado ranchito Las Glorias de Quintero, a esa hora se encontraba regando unas parcelas, cuando observó en dirección al este una llamarada rojiza que se precipitaba a Tierra, estimó que cayó a unos 30 km al sureste de donde él estaba, el extraño objeto rebotó en una ocasión y siguió emitiendo un resplandor durante varios segundos luego de detenerse. Un granjero en otro rancho cercano estalló en cólera pues supuso que alguien andaba asustando a su ganado y éste huyó de sus corrales. Historias de todo tipo empezarían a circular por esos desolados pueblos en los días siguientes, algunas tan fantasiosas como la caída de un ángel, o la llegada de los jinetes del apocalipsis.
Antonio Muñoz señala hacia el sitio donde cayó la bola de fuego. Foto de la Hemeroteca de El Siglo de Torreón
El gobierno estadounidense dio aviso a su contraparte mexicana, a la vez que el Consejero de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, ponía al tanto al Presidente Richard Nixon. Las negociaciones diplomáticas con México acordaron la entrada de un equipo para la búsqueda de los restos, se decidió que el equipo, al mando de Carlos Bustamante, el Mayor Julian Salas y el Lt. Cor. Lowell Knight, estableciera su base de operaciones en las ciudades de Gómez Palacio y Torreón, desde donde era más fácil y rápido acceder a la zona donde se estimaba había caído el Athena.
Memorándum parcialmente desclasificado y mapa anexo, enviados por Kissinger a Richard Nixon
El equipo fletó dos aviones para trasladarse al Aeropuerto de Torreón el 16 de julio, esperaban tener todo listo y empezar la búsqueda el día 20, aunque la prensa norteamericana citó que en 24 horas se recuperaría el aparato. La realidad es que el equipo sabía que les podía tomar semanas o meses: la cápsula del Athena apenas medía unos 20 centímetros de largo por un grosor del tamaño de una moneda, buscar eso en el desierto era equivalente a buscar la aguja en el pajar.
Personal estadounidense a su llegada a Torreon. Foto: La Opinión
El equipo de Bustamante se hospedó en el Hotel Río Nazas de Torreón y se reunió con un equipo mexicano que colaboraría en las labores de búsqueda, el cual constaba de dos oficiales del Ejército Mexicano y un par de ingenieros: J. Bustamante y Manuel Vázquez Boreto (o Borlett según las fuentes), de la Comisión Nacional de Energía Nuclear. Según se cuenta, Carlos Bustamante sabía que los militares mexicanos hablaban inglés y estaba harto de hacer las veces de traductor, además estaban muy reacios a responder preguntas, así que les invitó unos tragos y logró ganarse su confianza. Entre los locales que recibieron al grupo estaba Harry de la Peña, quien tenía “experiencia” lidiando con la zona. Miguel Ángel Ruelas Talamantes, conocido periodista local de El Siglo de Torreón, fue el único miembro de la prensa en tener acceso cercano durante la operación.

Los informes de telemetría desde Estados Unidos iban estrechando el área de búsqueda, en tanto que el equipo recibió un comunicado del Jefe de la Guardia Rural de Ceballos, Jaime González Sepúlveda, quien además era piloto aviador, informando que en dicho pueblo, ubicado a 150 Km al norte de Torreón, se había avistado un objeto cayendo del cielo, y luego de enterarse que era un cohete con material radiactivo, había ordenado a la población alejarse del sitio donde hubiera caído.
En principio Bustamante afirmó que la radiación emitida por las esferas de Cobalto-57 era mínima y la exposición casual a la misma no causaba daños a la salud a menos que se ingiera, inhale o manipule, sin embargo, como la noticia ya era de conocimiento nacional, el ingeniero Vázquez Boreto declaró que el material era peligroso, lo que encendió las alarmas. Luego tuvo que corregir su dicho a la vez que voceros en Estados Unidos dijeron que sólo una exposición y manipulación prolongada del material podía ser dañina, “si se carga en el bolsillo del pantalón por dos semanas, causaría una quemadura severa”.

Los dos aviones que trajeron al equipo empezaron a realizar vuelos con el fin de ubicar el sitio del impacto, pero resultaban infructuosos, la ausencia de referencias visuales y mapas adecuados no hacía sino dificultar el trabajo, la lluvia de esos días tampoco ayudó, ya que además podía enmascarar el lugar de la caída. También aterrizaban en caminos cercanos a los ejidos, donde entrevistaban a los pobladores en busca de pistas. 

Las pesquisas sin embargo resultaban infructuosas.

Brigadas de a pie fueron organizadas en los días subsecuentes, comandadas por Jaime González y empleando pobladores locales. El técnico norteamericano Frank Garza ayudó a establecer las comunicaciones de radio entre los miembros del equipo, y curiosamente jamás reportó tener problemas con las transmisiones. De las aeronaves estadounidenses una tuvo que partir de regreso para trasladar a un miembro enfermo del equipo. Quedaba solamente un avión a cargo del piloto George Koppmann. Las entrevistas brindadas por los ejidatarios a El Siglo de Torreón, como el relato de Antonio Muñoz, o las testimoniales de Felipe Silva e Inocente Vázquez, iban estrechando el área de búsqueda: ahora era una zona de unos pocos kilómetros de extensión, limitada al sur por el Cerro de San Ignacio, en terreno de Durango y al norte por la Laguna de Palomas, ya en territorio chihuahuense. No obstante las pesquisas no rinden frutos, además de que las escasas lluvias inutilizan los caminos.

Dos semanas han pasado desde que el cohete se estrelló en algún punto que aún resultaba desconocido, por lo cual se decidió echar mano de un avión especializado en detección de fuentes de radiación en el suelo.

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