domingo, 6 de abril de 2014

La Batalla de CAMARON

Si bien es cierto que nuestro país goza de tener su acervo histórico entre los más completos del mundo, también es cierto que la mayoría de los mexicanos es a menudo ignorante del pasado de su nación. Hay numerosos episodios de la historia que han quedado en el olvido por carencia de registros, por falta de fuentes verificables, y en la mayoría de los casos por falta de interés y por no convenir a la clase política dominante.
Esta es una de tantas historias que es más recordada por los vencidos que por los vencedores, en lo que algunos han dado en llamar "el día más negro de la Legión Extranjera"

1862: México, país que viene saliendo de la Guerra de Reforma, se ve en la necesidad de suspender los pagos de la deuda extranjera que mantiene con España, Inglaterra y Francia, ocupando estas el puerto de Veracruz a fin de presionar al gobierno mexicano.

Las 2 primeras naciones aceptan el plan de pagos en bonos de garantía propuesto por el presidente Benito Juarez, los franceses sin embargo, usan el hecho como pretexto para intentar implantar un gobierno pro-francés en América, amén del expansionismo de Napoleón III contra el norteamericano, que por aquel entonces se hallaba enfrascado en su propia Guerra Civil y no podía prestar atención a lo que pasaba al otro lado del Río Bravo.

Es así que la fuerza expedicionaria francesa, unos 6,000 hombres al mando del general Lorencez, intenta marchar a la Ciudad de México, sólo para ser rechazada en los alrededores de Puebla, el 5 de mayo de 1862.

En 1863, con la llegada de numerosos refuerzos y otro general, Elie Frederick Forey, se decidió atacar nuevamente Puebla. Para ello ahora los franceses contaban con 18,000 hombres de infantería, 1,400 de caballería, 2,150 artilleros, 450 zapadores y un cuerpo auxiliar de 2,300 individuos, además de 2,000 soldados mexicanos proporcionados por el general conservador Márquez. También disponían de 56 cañones y 2.4 millones de proyectiles.

Entre las nuevas tropas recibidas de Francia se encontraban tres batallones de la Legión Extranjera al mando del coronel Jeanningros, un eficiente veterano con más de 30 años de servicio. Dos de sus batallones desembarcaron en Veracruz el 31 de marzo de 1863 y el tercero lo haría en los próximos días. Los mexicanos disponían de un ejército de 20 mil hombres en el norte al mando del propio presidente Juárez y otros 20 mil efectivos en el sur comandados por el general Porfirio Díaz. Estas tropas, apoyadas por guerrillas, ejecutaban constantes ataques a la línea de comunicaciones francesa entre Veracruz y las afueras de Puebla, en una extensión de mas de 240 kilómetros de longitud a través de las montañas, por lo cual se requería un elevado numero de efectivos para proteger el envío de provisiones y comunicaciones.

En marzo de ese año, los soldados franceses y trece mil auxiliares mexicanos marcharon una vez mas contra Puebla, que separaba a Veracruz de la capital mexicana. Los legionarios franceses, para su decepción, recibieron tareas menores, como resguardar los convoyes en la sección oriental, donde abundaban enfermedades como la fiebre amarilla y el tifus. A este respecto, el comandante Forey había señalado que prefería que fuesen extranjeros y no franceses quienes tuvieran la responsabilidad de resguardar el área más insalubre, es decir la zona tropical entre Veracruz y Córdoba, donde reinaba la malaria.
El área en los alrededores de Cordoba, Veracruz. La etiqueta marca el punto de ls hechos que vamos a contar.
Para los legionarios este desprecio no era cosa nueva y lo asumieron sin resentimiento. Desde su creación en 1831, buena parte de la opinión publica francesa consideraba a la Legión como una desgracia y se mostraba profundamente ofendida por el hecho que mercenarios foráneos fuesen empleados para pelear las batallas de Francia, pues, con excepción de los oficiales, no eran franceses sino ciudadanos de otros países enlistados bajo condiciones muy difíciles. Por esta misma razón el ejército francés tomó distancias de la Legión, no sin antes asegurarse que si había algún trabajo sucio que realizar, seria la Legión quien lo ejecutaría. Así, los legionarios pronto comprendieron que eran rechazados por la propia gente por la que luchaban. Como lógica reacción, hubo una retrospección interna y pronto se desarrolló un fiero esprit de corps, que mejor se reflejaba en la frase “Legio Patria Nostra” (la Legión es nuestra patria). El soldado debía lealtad a la Legión, no a Francia. 

Los hombres se enrolaban por una variedad de razones. Eran mercenarios en busca de empleo, refugiados políticos; algunos buscaban escapar de sus esposas o sus deudas; otros, sin suerte en la vida, buscaban empezar de nuevo; el resto eran aventureros atraídos por la posibilidad de servir en tierras exóticas. Contrario a la creencia popular, la Legión no era un refugio para criminales ni se les enlistaba a la fuerza para cumplir con sus condenas.

Francisco de Paula Milan
EL COMBATE
El 15 de abril de 1863 un convoy de 64 carretas llevaba varios cañones destinados a demoler las defensas de Puebla, municiones, provisiones y cofres de oro para pagar a las tropas, partió desde Veracruz. La inteligencia mexicana pronto supo de la existencia de este convoy. El gobernador de Veracruz, Francisco de Paula Milán, ensambló una fuerza integrada por tres batallones de infantería de 400 hombres cada uno: El Veracruz, el Córdoba y el Jalapa, más 800 hombres de caballería -500 lanceros y 300 irregulares- para interceptar y capturar el valioso cargamento enemigo. 
 
Jean Danjou
Por su parte, mantener la seguridad de este convoy era vital para los franceses, razón por la cual el 27 de abril el comandante de los legionarios, el coronel Jeanningros, quien había establecido su cuartel general en Chiquihuite, decidió que la tercera compañía del primer regimiento de la Legión debía llevar a cabo la tarea de escoltarlo mientras recorriera el área bajo su responsabilidad. La mayoría de oficiales de dicha compañía se encontraban enfermos. Tres oficiales se ofrecieron como voluntarios, el capitán Jean Danjou, ayudante del Estado Mayor de la compañía, el teniente Napoleón Villain y el teniente segundo Maudet. La compañía a la que pertenecían estos oficiales estaba compuesta por un total de 120 soldados, pero en aquel momento sólo 62 hombres de nacionalidad polaca, italiana, alemana y española, estaban aptos para realizar la tarea. Danjou era particularmente conocido por usar una mano de madera tras haber sido mutilado en la Guerra de Crimea.

El 29 de abril, las tropas de Danjou se prepararon y se integraron al convoy para proteger la siguiente fase de su recorrido. A medianoche la tercera compañía, provista de 60 cartuchos por hombre, partió de Chiquihuite en misión de avanzada, adelantándose al recorrido del convoy para comprobar que la ruta se encontraba despejada. A las 02:30 horas del día 30, alcanzaron un puesto defensivo instalado por la Legión en un sitio conocido como Paso del Macho y el comandante del lugar, el capitán Saussier, impresionado por el reducido número de la escolta, ofreció a Danjou un pelotón de refuerzo, lo que este rechazó, continuando la marcha a pie, pues no se contaba con caballería.
 
Poco antes de las 06:00 horas, la tercera compañía cruzó por la aldea del Camarón, o Camerone, como la bautizaron los franceses, se encontraba parcialmente destruida por la guerra. La construcción principal, conocida como la Hacienda de la Trinidad, consistía de una pequeña vivienda con modestas edificaciones de adobe alrededor. En un lugar conocido como Palo Verde, a un kilómetro y medio de Camarón Danjou ordenó a sus tropas detenerse para tomar la ración de desayuno y como medida preventiva ordenó desplegar algunos centinelas. Unos minutos después vino la alarma. Los legionarios observaron que un fuerte contingente de caballería mexicana se acercaba hacia el lugar. Danjou ordenó a sus hombres preparar sus rifles y conformar un rectángulo defensivo. Los legionarios sólo contaban con una ventaja natural en aquel campo abierto, la espesa vegetación existente, que se convertía en una barrera natural contra la caballería adversaria. 
Las fuerzas maxicanas rodean a las legionarias y las obligan a replegarse a Camarón
Cuando los mexicanos estuvieron a una corta distancia, los legionarios, al grito de ¡viva el emperador! abrieron fuego impidiendo su avance. Los mexicanos prefirieron no arriesgar una carga y decidieron rodearlos. Danjou entonces ordenó una retirada para organizar y mantener una defensa sostenida, en la hacienda del Camarón. En pequeños grupos, la caballería mexicana hostilizaba a la compañía de la Legión mientras esta se dirigía hacia su objetivo, haciendo de su repliegue un infierno. En dos ocasiones los legionarios se detuvieron y los hicieron retroceder con descargas. Finalmente Danjou y la mayoría de sus hombres lograron su cometido pero a costa de perder las raciones y las mulas con las municiones. Cuarenta y seis de ellos alcanzaron la casa hacienda, algunos heridos, pero otros dieciséis fueron interceptados y capturados por las fuerzas de Milán. Lo peor de todo es que los mexicanos lograron llegar al Camarón casi simultáneamente, con lo cual se establecieron en las partes altas y en uno de los establos ubicado en las esquinas.
Los legionarios estaban en una posición muy difícil. Las paredes externas de la ruinosa propiedad tenían un perímetro de 50 metros de ancho y 50 de largo y una altura de tres metros. Dos grandes puertas en la parte oeste y un agujero en el este eran los puntos de acceso. Además, sólo contaban con 60 balas por hombre. Pero Danjou era un veterano acostumbrado a situaciones imposibles. De inmediato ordenó levantar barricadas en los claros y desplegó a sus hombres en posición defensiva. Para mala suerte de los legionarios, los patios estaban expuestos al fuego de los mexicanos desde las alturas y Danjou no podía hacer nada para neutralizarlos. Otra parte de la caballería mexicana desmontó y ejecutó algunos ataques, pero los legionarios los rechazaron. Poco después de las 09:00 horas, en medio de un sol abrasador, el coronel Milán envió un oficial mexicano de orígen francés, Ramón Laine, para exigir la rendición de los legionarios. Danjou rechazó la demanda con un rotundó nó y luego se dirigió a cada uno de sus hombres para que le prometieran que lucharían hasta el final.
La Legión extranjera defiende la Hacienda de la Trinidad, en Camarón
Aproximadamente a las 11:00 horas un francotirador acabó con la vida de Danjou. Villain asumió el mando de la defensa. Cerca del mediodía los legionarios escucharon el sonido de clarines, y los legionarios ubicados en los techos, observaron una columna de soldados que se aproximaba. Hubo un entusiasmo general pensando que se trataba de refuerzos del ejército francés, pero la algarabía pronto se apagó al comprender que eran refuerzos mexicanos solicitados por el coronel Milán, consistentes en tres batallones de infantería; el Guardia Nacional de Veracruz, el Jalapa y el Córdoba. La situación de los legionarios se complicó, pues además de la pérdida de su enérgico comandante, ahora estaban rodeados por 2,000 soldados enemigos. 

El fuego mexicano se hizo más intenso y sus incursiones fueron más frecuentes. Las horas pasaban, el calor arreciaban y los legionarios comenzaban a sufrir los efectos de la sed y la deshidratación, pues el agua de sus cantimploras se había agotado. Villain mantuvo una defensa tan estoica como la de Danjou, pero alrededor de las 14:00 horas cayó muerto, acribillado por el intenso fuego mexicano. El comando recayó en el teniente segundo Maudet.
Maudet

Una vez más el coronel Milán prouso la rendición de los legionarios, garantizándoles la vida. Maudet se negó. Los mexicanos decidieron que había llegado el momento apropiado para emprender un asalto frontal y reducir de una vez por todas a sus enemigos. Uno sin embargo no fue suficiente. En consecuencia, oleadas de ataques pretendieron romper la cerrada defensa pero los certeros disparos de las tropas legionarias los contuvieron. Los hombres de Maudet cruzaban el patio para socorrer a sus compañeros caídos, lo que generalmente resultaba mortal. Fracasados los asaltos, los mexicanos prendieron fuego a los alrededores de la posición francesa, que se estaba convirtiendo en un verdadero infierno. Un gran coraje fue desplegado por ambas partes al tiempo que la lucha alcanzaba su clímax. Inclusive los mal entrenados irregulares mexicanos lucharon con valor durante los reiterados intentos de ingresar por las puertas y ventanas. La gran mayoría de ellos resultaron muertos por efecto de las balas y las bayonetas de los legionarios y sus cuerpos eran devueltos al patio.

Hacia las 17:00 horas sólo doce legionarios permanecían en pie para contener la ofensiva mexicana. Se efectuaron nuevos llamados a la rendición que no fueron aceptados. A las 18:00 horas sólo quedaban cinco legionarios, los cabos Maine y Berg y los soldados Constantin, Leonard y Wensel, quienes contaban con muy poca munición. En el transcurso de los siguientes minutos Maudet, quien para entonces estaba herido ordenó a sus hombres que disparasen la última andanada de balas, que prepararan bayonetas y cargaran contra las tropas mexicanas, para morir con honor. Durante el combate los legionarios habían disparado más de 3,000 balas. 
La ultima carga de los legionarios
Al intentar ejecutar esta acción Maudet recibió otro balazo y cayó inconsciente mientras dos hombres más murieron Los sobrevivientes, los cabos Maine y Berg y el raso Wensel, un polaco, retrocedieron hasta ponerse hombro a hombro frente a una de las paredes de la hacienda, presentando sus bayonetas como única defensa. Ante este espectáculo los soldados mexicanos titubearon si acabarlos o perdonarles la vida. Sus dudas fueron resueltas con la aparición de un oficial mexicano, el coronel Ángel Lucio Cambas, quien también era de origen francés. Luego de apaciguar a sus hombres, se dirigió a sus adversarios en perfecto francés con las siguientes palabras: “Ahora si supongo que se rendirán”.

El cabo Maine respondió: “Nos rendimos, pero si nos permiten permanecer con nuestras armas y atender a nuestros heridos”. Cambas respondió con un saludo militar, y alzando su sable en señal de respeto señaló: “A un hombre como usted se le concede lo que sea”. Cambas demostraría una actitud de caballerosidad y alto sentido del honor. De inmediato ordenó que los legionarios heridos fueran atendidos.

Al ser informado de la rendición, el coronel Milán exclamó: ¡Pero estos no son hombres, son demonios!. Veintitrés legionarios fueron atendidos por enfermeros mexicanos y dieciséis de ellos sobrevivieron a sus heridas. Se hizo lo posible por salvar la vida del teniente Maudet, enviándosele junto con un sargento, también gravemente herido, a un hospital distante a 80 kilómetros, donde pese a los esfuerzos, falleció. 

Los mexicanos causaron a los legionarios las bajas de tres oficiales y 23 soldados, pero a su vez 300 de sus hombres yacían muertos y heridos. Tampoco pudieron capturar los cañones ni el botín, pues el convoy, al escuchar los disparos y encontrarse a distancia, logró evadir la acción. Al día siguiente, el coronel Jeanningros llegó al Camarón al frente de una columna de rescate, pero ya era tarde. Los mexicanos habían abandonado la escena, dejando solo los cadáveres de los legionarios muertos en combate. Junto a ellos permanecía un herido, que se presumió como muerto, con 8 balas en su cuerpo, quien narró el heroico episodio ejecutado por sus camaradas ante fuerzas muy superiores. 

Los legionarios apresados en el incidente del Camarón, un total de 32 hombres, fueron canjeados por oficiales mexicanos capturados por los franceses y casi todos se mantuvieron en la legión. Este combate, que se prolongó por once horas fue para los franceses una victoria moral sin precedentes por haber sido peleada contra todas las adversidades. 

La mano de madera del capitán Danjou fue encontrada por el coronel Jeanningros en las ruinas de Camarón y pasó a convertirse en la reliquia más preciada de esa institución militar.

EPILOGO
Tras una tenaz resistencia, el 19 de mayo de 1863 Puebla finalmente cayó en poder de las tropas francesas quienes de este modo tuvieron el camino expedito para la ocupación de la capital mexicana. La caída de aquella ciudad se debió en gran parte al uso de los cañones del convoy salvados por la gesta del Camarón. El 31 de mayo el presidente Juárez anunció al Congreso que el gobierno se trasladaría a San Luis Potosi, 320 kilómetros al norte de la Ciudad de México.
 
El control francés sobre México, gracias al apoyo que brindo el partido conservador mexicano a esta aventura imperialista, desembocó en un "plebiscito", cuyo resultado permitió que el 10 de abril de 1864, a un año de la heroica acción del capitán Danjou y sus hombres, el joven archiduque Maximiliano de Habsburgo, hermano del Kaiser austriaco Francisco José, aceptara la corona imperial de México.

Maximiliano, hombre honesto y de buen corazón, encontró un ambiente hostil y el rechazo mayoritario de una población que se negaba a ser gobernada por un extranjero. Sorprendentemente, el nuevo Emperador de México era de ideas liberales y su figura está siendo cada vez más reivindicada.

Europa tuvo sus propios problemas: la Guerra de las 7 Semanas de 1866 propició el ascenso de Prusia como la mayor potencia europea, cosa que hizo titubear a Napoleon III por las crecientes tensiones con este nuevo enemigo. El Ejército Francés regresa a Europa a fin de mantener a raya las ambiciones prusianas, dejando a Maximiliano prácticamente a su suerte hasta su derrota y fusilamiento en 1867.

La batalla de Camarón se convirtió desde 1904 en un evento ritual para la Legión Extranjera y hoy en día se celebra con gran pompa y respeto en el patio de honor del cuartel general de la Legión en Aubagne, cerca de Marsella. La mano del capitán Danjou, guardada en una pequeña urna, es exhibida frente a los regimientos y un recuento de la batalla es leído a cada una de las unidades de la Legión en el día de las ceremonias. Las cenizas de los muertos en Camarón son preservadas en un relicario, mientras que el águila imperial mexicana, que se convirtió en la insignia del primer regimiento es paseada alrededor de la capilla. La palabra “Camerone” esta inscrita en letras de oro en las paredes de Les Invalides en París.

Las conmemoraciones se han extendido a México, cuyo gobierno en 1892 permitió que Francia levantara un monumento remodelado en 1963, al cumplirse un centenario de esta batalla cuyas inscripciones, escritas en francés y latín dicen lo siguiente: “Aquí estuvieron menos de sesenta opuestos a todo un ejercito. La vida abandonó a estos soldados franceses antes que el coraje el 30 de abril de 1863”. Las ceremonias son atendidas por ciudadanos franceses residentes en nuestro país y oficiales del Ejercito Mexicano, para quienes por cierto no resulta extraña la máxima de la Legión:
 
“Cada legionario tiene a Camarón tallado en su corazón”.

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